¿Qué sucede cuando la muerte de un hombre puede poner en jaque al evento deportivo más visto del planeta? La respuesta llegó el 23 de febrero, cuando Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como «El Mencho», dejó de existir en tierras jaliscienses, desatando una cascada de violencia que hoy tiene a Gianni Infantino pronunciándose desde Colombia sobre el futuro del Mundial de Fútbol 2026.
El efecto dominó de un capo
La muerte del líder del Cartel Jalisco Nueva Generación no fue un evento más en la crónica roja mexicana. Oseguera Cervantes había construido durante décadas una estructura criminal que controlaba rutas, territorios y economías paralelas en gran parte del occidente mexicano. Su desaparición no representó paz, sino el inicio de una guerra de sucesión que tiene implicaciones directas para las tres ciudades mexicanas que albergarán partidos mundialistas: Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey.
El concepto de «vacío de poder» en organizaciones criminales funciona de manera similar a los ecosistemas naturales cuando desaparece un depredador alfa. Los territorios anteriormente controlados por una sola estructura se fragmentan, generando disputas violentas entre células que buscan llenar ese espacio. En el caso del CJNG, una organización que según estimaciones de seguridad internacional operaba en más de 30 estados mexicanos, este vacío representa un riesgo exponencial para la estabilidad regional.
Guadalajara: epicentro de la tormenta
Que Jalisco sea tanto el territorio natal del difunto capo como una de las sedes mundialistas no es coincidencia menor. Guadalajara, la perla tapatía, se encuentra en el ojo del huracán de esta transición criminal. La ciudad que albergará partidos de la Copa del Mundo debe ahora enfrentar la realidad de ser también el centro geográfico de una reconfiguración del mapa delictivo mexicano.
La complejidad del desafío se multiplica cuando consideramos que los grandes eventos deportivos requieren de una coordinación de seguridad que va más allá de la protección de estadios. Las rutas de acceso, los hoteles, los centros de entrenamiento, los aeropuertos y toda la infraestructura logística deben funcionar bajo protocolos de seguridad internacional. Cualquier brote de violencia en estas zonas no solo compromete la seguridad inmediata, sino que puede generar cancelaciones masivas y crisis diplomáticas.
El termómetro de FIFA desde Barranquilla
No fue casualidad que Gianni Infantino eligiera Colombia para pronunciarse sobre la situación mexicana. Desde Barranquilla, el presidente de la FIFA envió un mensaje claro: la organización está monitoreando activamente los desarrollos de seguridad. Su declaración del 25 de febrero, apenas dos días después de la muerte de «El Mencho», demuestra que los eventos criminales y los deportivos ya no pueden analizarse por separado en la era de la globalización.
Colombia, país anfitrión de las declaraciones de Infantino, conoce bien el dilema de combinar mega eventos deportivos con realidades de seguridad complejas. La experiencia colombiana en la organización de competencias internacionales bajo presión de grupos armados ilegales proporciona un contexto relevante para entender las preocupaciones de FIFA sobre México.
Claudia Sheinbaum: la presidenta en el centro del huracán
La presidenta Claudia Sheinbaum asume ahora una responsabilidad que trasciende las fronteras mexicanas. Su gobierno debe demostrar capacidad para garantizar la seguridad de millones de aficionados internacionales, delegaciones de 32 países y una cobertura mediática global que convertirá cada incidente menor en noticia mundial.
La estrategia de seguridad para el Mundial no puede improvisarse. Requiere de inteligencia anticipatoria, coordinación interinstitucional y capacidad de adaptación rápida a escenarios cambiantes. El brote de violencia post-muerte de Oseguera Cervantes representa precisamente el tipo de variable impredecible que puede desestabilizar los mejores planes de seguridad.
¿Qué está en juego internacionalmente?
Más allá del fútbol, está en juego la reputación de México como destino seguro para eventos globales. El país azteca había logrado posicionarse como una potencia en la organización de competencias deportivas internacionales, pero la espiral de violencia criminal amenaza con erosionar décadas de construcción de imagen.
Para el resto de América Latina, la situación mexicana representa tanto una advertencia como una oportunidad. Si México logra superar exitosamente este desafío de seguridad, establecerá un precedente valioso para otros países de la región que aspiran a albergar mega eventos. Si fracasa, podría generar mayor escepticismo internacional sobre la capacidad regional para garantizar seguridad en competencias globales.
El factor económico invisible
Los costos de seguridad para un Mundial bajo amenaza criminal se multiplican exponencialmente. Expertos del sector señalan que cuando un país anfitrión debe dedicar recursos extraordinarios a combatir violencia interna durante la preparación de un mega evento, el impacto económico puede superar cualquier beneficio esperado del turismo deportivo.
La muerte de «El Mencho» no solo desató violencia; activó protocolos de emergencia que requieren inversión en tecnología, personal especializado y coordinación internacional que no estaban contemplados en los presupuestos originales del Mundial.
La cuenta regresiva continúa
Mientras el cronómetro hacia 2026 avanza implacable, México enfrenta el desafío de demostrar que puede convertir una crisis de seguridad en una oportunidad de fortalecimiento institucional. La respuesta no vendrá solo de operativos policiales, sino de la capacidad del Estado mexicano para llenar los vacíos de poder que el crimen organizado aprovecha.
El Mundial de 2026 será, inevitablemente, mucho más que una competencia deportiva. Será la prueba de fuego para determinar si América del Norte puede organizar eventos globales en medio de realidades de seguridad complejas, y si el fútbol puede, efectivamente, sobrevivir al vacío criminal.









